Bioenfermería

Nos ocupamos de la persona desde su integridad como unidad de atención.

UN HOSPITAL SEGURO

Un hospital seguro se construye todos los días

Cuando una persona entra a un hospital a tratar un problema de salud, lo hace con una expectativa: recibir ayuda de los profesionales. Este proceso debería pasar sin que se sufra un daño o evento adverso relacionado con la atención. Por eso, la seguridad del paciente no debería presentarse como una campaña ocasional ni quedar archivada en una carpeta de protocolos. Es una obligación ética y una forma concreta de organizar la atención.

La dimensión del problema exige tomarlo en serio. La Organización Mundial de la Salud estima que aproximadamente uno de cada diez pacientes sufre algún daño durante la atención y que más de la mitad de ese daño puede prevenirse. Detrás de cada cifra hay una persona, una familia y también un equipo de salud afectado. No se trata, entonces, de perseguir una perfección imposible, sino de diseñar sistemas que hagan el error menos probable y permitan detectarlo antes de que alcance al paciente.[RS1] 

¿Qué debe tener una institución segura? En primer lugar, una conducción que convierta la seguridad en una prioridad visible. Después, procesos simples y conocidos para identificar correctamente, comunicar información crítica, preparar y administrar medicamentos, prevenir infecciones y caídas, responder ante una emergencia y registrar lo realizado. Un protocolo solo protege cuando puede encontrarse, comprenderse, entrenarse y cumplirse en el trabajo real.

También hacen falta canales para comunicar incidentes sin miedo, analizarlos con una cultura justa y transformar lo aprendido en mejoras. La sanción automática puede silenciar problemas; la impunidad tampoco es una respuesta. La madurez institucional consiste en diferenciar el error humano, las condiciones del sistema y las conductas deliberadamente inseguras, para actuar de manera proporcional y aprender.

En la práctica cotidiana no todas las instituciones cuentan siempre con los mismos recursos físicos, económicos o tecnológicos. Pero aun mientras esas brechas se resuelven, hay medidas de enorme valor que dependen de cómo trabajamos: detenerse a verificar, usar bien la comunicación, ordenar un circuito, definir responsabilidades y escuchar a quien advierte un riesgo.

En el trabajo que vengo desarrollando en el hospital, buena parte de las mejoras comenzaron justamente en la necesidad del: fortalecimiento de la identificación y darle importancia a la comunicación efectiva, a la capacitación continua (identificando las necesidades primordiales o urgentes), protocolos aplicables y promoción del reporte no punitivo. Son acciones espectaculares que no requieren insumos materiales. Pero si exigen constancia, acuerdos, seguimiento y la decisión de corregir lo que en la práctica no funciona.

El centro sigue siendo el ser humano: el paciente y su familia, pero también el llamado cliente interno, es decir, las personas que sostienen la atención. Pedirles que trabajen de manera segura implica ofrecer formación y la posibilidad de decir “así no es seguro”. Cuidar al que cuida no es un beneficio accesorio: es una barrera de seguridad.

Un hospital seguro no es el que afirma que nunca se equivoca ni el que acumula más tecnología. Es el que observa, escucha, verifica, registra, aprende y mejora. Los recursos importan; las personas hacen que esos recursos se conviertan en cuidado. Allí empieza, y allí se sostiene, la seguridad del paciente.


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